“Teror es uno de los pueblos más hermosos de Gran Canaria, en el fondo de un valle bellísimo, a la sombra de un santuario célebre…Hay una paz conventual en el ambiente; de vez en vez atraviesa la calle grande de la villa en cuyo término está el templo de Nuestra Señora sobre una amplia plaza, algún automóvil cuyos bocinazos y trepidaciones profanan la calma religiosa de todo el paisaje. Llegan viajeros que vienen a admirar y gozar esto precisamente;… Cada año aumenta el número de veraneantes… Teror triunfa, porque lo posee todo”
Cuando, en 1918, el escritor Francisco González Díaz describía de esta manera en su libro “Teror”, las circunstancias que hacían atractivo el lugar para pasar temporadas de sereno reposo (que eso era entonces el veranear); ya una cantidad creciente de personas, sobre todo residentes de la ciudad de Las Palmas, lo habían elegido desde años antes como el lugar ideal donde sobrellevar los rigores estivales. Personajes de la sociedad isleña como don Gustavo Navarro Nieto, fundador de “La Provincia”, …. don Domingo Doreste Rodríguez “Fray Lesco”, su hijo Víctor o el mismo González Díaz sentaban sus reales a comienzos de verano en El Recinto y algunos pagos aledaños y de aquí no se levantaban hasta que las primeras lloviznas con que finalizaban las Fiestas del Pino, los espantaban otra vez hacia la costa. También retornaban con relativa frecuencia, terorenses como el canónigo don Miguel Suárez Miranda, su pariente don José Miranda Guerra o el poeta y periodista don Ignacio Quintana Marrero, que ayudaban a conformar una sociedad, que duraba lo que el estío, y que a la vez que aprovechaba los múltiples atractivos de la zona: las excursiones a Osorio, los bailes en la Sociedad “Bella Aurora” de El Palmar, los paseos por el barranco hasta la Fuente Agria, las tertulias en los dos hoteles, El Royal y El Pino,… trasladaban a Teror propuestas lúdicas y festivas, conciertos, recitales poéticos, que enriquecían las relaciones de aquella sociedad terorense de la primera mitad del siglo XX, un tanto anquilosada y cerrada sobre si misma. Todo ello hacía que el veraneo en Teror no tuviera para muchos ni la menor comparación con el que podían disfrutar en el otro destino elegido entonces para ello en Gran Canaria: “Teror era, con diferencia, más divertido que Tafira”
Precisamente ese mismo año de 1918, a instancias de la recién creada “Liga progresista y forestal Teror”, con la concurrencia de oriundos y veraneantes se celebró la que podemos llamar primera “Verbena Canaria” que tuvo lugar el sábado siguiente al día de “Las Marías” para cerrar las Fiestas del Pino. En la reseña periodística, realizada por el secretario del Juzgado don Félix Aranda, se destacó la enorme participación y colaboración de los veraneantes, sobre todo la de las féminas, en la organización del evento. Los distintos puestos de telegrafía, bebidas, galletas, café, almendras tostadas,… estuvieron prácticamente copados por las jóvenes que pasaban el verano en la Villa: María Cantero, Teresa y Pilar Doreste, María y Dolores Martinón,.. junto a la juventud terorense de aquella época: Lolita Henríquez, Mª Manuela Navarro, Dolores Rivero,…
Esta colaboración para la diversión estival se mantuvo y acrecentó con el paso del tiempo, y se manifestaba en todo lo que rodeaba la vida terorense durante estos meses. Sencillas actuaciones musicales como la que destaca el “Diario de Las Palmas” en 1926, fueron muy frecuentes desde entonces: “De los actos realizados por las entusiastas iniciativas de la colonia veraniega en esta Villa, ninguno tan brillante y que haya causado impresión más grata que la velada celebrada el 26 de Septiembre último,…Don Víctor Doreste ejecutó escogidísimas piezas en el piano,… Y los señores don Jacinto Doreste y don Víctor Marrero acompañaron a la señorita de Doreste (Dolores Doreste y Doreste) en varios preciosos trozos de la obra “Doña Francisquita”, haciéndolo con verdadera maestría…El señor Alcalde (don Isaac Domínguez Macías), en breves palabras reiteró sus gracias y dijo que él era el que tenía que agradecer a los veraneantes … por la importancia, alegría y dinero que el forastero trae a la noble Villa”.
En las décadas siguientes no se produjo más que un constante incremento de la cantidad de personas que veraneaban o incluso pasaban los fines de semana en la Villa. Familias como los Morales, Alzola, Millares, Quintana, Pírez, Castro, Cárdenes, Graziani, Jorge, Parada, Delisau, Sagaseta,… o personalidades de la sociedad isleña como el Gobernador Civil durante la República, el señor Arturo Armenta Tierno, y los notarios Salvador García y Cayetano Ochoa, y más tarde, compositores como Néstor Álamo o Herminia Naranjo, aumentaban el censo terorense durante casi un trimestre todos los años. Tenía el veraneo en aquellos momentos el atractivo de la cercanía, no existía el anonimato; todos ellos pasaban a ser unos vecinos más de El Recinto. Así, era también frecuente el que los miembros de estas familias eligieran el pueblo para pasar en él otras temporadas de asueto no coincidentes con el verano: el político Fernando Sagaseta y su mujer Elisa López Ossa se casaron en 1956 y pasaron parte de su luna de miel en la casa de su padrino, Manuel Paradas, en el llamado Barrio de los Chalés; y Jane Millares Sall con su esposo, el periodista Luis Jorge Ramírez, disfrutaron de sus primeros días como casados en la calle Padre Cueto, frente a las tapias del jardín del Palacio Episcopal.
En toda esta larga experiencia de mutua relación de afectos, y en ocasiones de dependencia, entre forasteros y terorenses, existe un caso de fidelidad ya casi centenaria a Teror y el disfrute de sus fiestas, paisajes y vecinos. Es el de la familia formada por don Domingo Doreste Falcón, comerciante de Triana, y doña Dolores Morales Rodríguez. Él era primo de los Doreste Navarro, tronco del que surgieron personajes de la intelectualidad y la política isleña como el mencionado ”Fray Lesco” o don Juan Rodríguez Doreste.
Los Doreste Morales comenzaron a veranear en la Villa principiando los primeros años de la pasada centuria y su anual llegada en carro y burros desde Las Palmas, al principio, y después en coche hasta la misma Plaza del pueblo (sobre todo la de las ocurrentes y divertidas hermanas) suponía el comienzo del estío y las fiestas. Los 12 hijos del matrimonio fueron: Luis, Domingo, Reyes, Mª del Carmen, Mercedes, Ana Mª, Mª del Pino, Rosario, Manuel, Dolores, Pilar y Teresa.
Los Doreste estuvieron presentes en todo lo que de festivo y jaranero se organizó en Teror en casi todo el siglo XX. Con el paso de los años y los sucesivos matrimonios, pese al fallecimiento del progenitor, se ampliaron la cantidad de casas que alquilaban en la Villa para el disfrute del periodo canicular, y también sus permanencias en alguno de los hoteles del pueblo. No supusieron los casamientos, por tanto, un alejamiento de las costumbres en cuanto a la Villa se refería. Los nuevos allegados y la descendencia se unían a los usos de la familia: los Bello Doreste (hijos de Mª del Pino y del aparejador Ildefonso Bello Perdomo), Domingo Doreste Ojeda (único hijo de Domingo y la poeta y pintora terorense Pino Ojeda Quevedo) las Pérez Doreste (hijas de Carmen y del carpintero natural de El Palmar, y primo de Pino Ojeda, Vicente Pérez Quevedo), Octavio Rodríguez Doreste (hijo único de Mercedes y del político Juan Rodríguez Doreste); los Rodríguez Doreste (hijos de Rosario y Arturo Rodríguez Losada) y todos los demás (1),….siguieron la tradición familiar y cuando Néstor Álamo (excelente amigo de la familia) comenzó su proceso de regeneración de las Fiestas en los años 50 todos intervinieron entusiastamente: ensayando las isas en sus propias casas; formando parrandas; interviniendo en la Romería vestidos a la usanza típica o como indianos en tartana -como hicieron en una ocasión Vicente y Julia Pérez Quevedo-; subiéndose a los famosos camellos que la iniciaban; organizando partidos de fútbol entre la chiquillería veraneante (con algún que otro fichaje terorense) contra equipos de Teror, El Palmar o Valleseco; o con las famosas serenatas que, fuera de programa, y con Octavio al acordeón, Vicente Pérez a la guitarra y Arturo Rodríguez Doreste al timple, animaron las noches estivales de la Villa durante años y trajeron algún que otro quebradero de cabeza al alcalde de turno. Hasta el Cine de la Villa, que estuvo alquilado por el catalán Jaime Mola Millet (casado con Reyes, y copropietario con Jesús Rodríguez Doreste del Circuito de Cines Mola (2)), participó del ánimo festivo de la familia con sus famosos lunes de dos por una, en los que por media peseta, podían los terorenses visionar dos películas seguidas. Toda la familia, desde los mencionados hasta los restantes estuvieron participando, en mayor o menor medida, en la vida de Teror durante todo este tiempo (alguno continúa en la actualidad) y el Programa de las Fiestas del Pino mostró hasta bien entrados los años 60 del pasado siglo su participación en el llamado Festival Infantil, que en la Plaza Pío XII y organizado por la juventud y veraneantes de esta Villa, se celebraba siempre el lunes siguiente a Las Marías, como un pequeño recuerdo de los eventos de principios de siglo.
Sólo un hecho destacado por lo que supuso, enturbió estas gratas relaciones del vecindario de Teror y los aquí veraneaban. En la tarde del lunes, 12 de septiembre de 1932, el sermón de la Novena del Pino estaba a cargo del Padre Redentorista de San Pablo, don Vicente Sordo García, y en el mismo éste se encargó de denunciar públicamente determinadas actuaciones de la colonia veraniega, contrarias según su opinión a la moral, la decencia y el dogma católicos; y que iban desde lo poco apropiado de las vestimentas con que acudían las mujeres a la Iglesia o su costumbre de merendar en los bares del pueblo, hasta las burlas que realizaban algunos jóvenes dentro del templo y en las inmediaciones o el piropeo constante con que asediaban a todas las que entraban y salían de la basílica. Al término de la misa, el escándalo fue mayúsculo, se juntaron varios de los agraviados, destacando Emilio Delisau Oller, Jacinto Doreste Falcón (tío de los Doreste Morales) y el notario Salvador García, y, prestamente, denunciaron aquella noche al gobernador civil lo ocurrido. A resultas de ello, don Antonio Socorro y el responsable del sermón, mientras se aclaraba el tema, quedaron detenidos en Las Palmas hasta el día siguiente. Sin dar mayor importancia al suceso que la que le dio el mismo párroco (hecho merecedor, por otra parte, de crónica propia por su anecdótico interés), quede constancia que, salvo yerro o falta de datos, ésta fue la única noche que Monseñor Socorro durmió “entre rejas”.
Pero nada de ello importó mucho, ni menguó un ápice esta peculiar relación que durante décadas se creó entre los terorenses de entonces y los que eligieron por años la Villa para su descanso y respiro. Por algo, fue cosa sabida siempre entre los que peinan canas, que el verano no empezaba en Teror hasta que los Doreste, en tropel animado y vivificador, con acordeón, timple y guitarra como pertrechos, hacían su entrada en la Mariana Villa por el Muro Nuevo. Y así fue por muchos años.