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MUNICIPIO Crónicas de Teror por José Luis Yánez Rodríguez, Cronista Oficial de la Villa de Teror
1 de junio de 2007 Puentes de la isla Al Hijo Adoptivo de la Villa de Teror, don José Miguel Alzola, que tanto nos ha enseñado a querer nuestra tierra
Después que crecidas de barrancos y temporales de los que antaño abundaban tanto arrasaran, con una tozudez incansable, varios que sucesivamente se fueron haciendo de cantos, palos, lajas o barrula; el primer puente que se construyó en la Gran Canaria y que verdaderamente meritara tal nombre, se debió a la bonhomía y preocupación por los intereses de las gentes de esta tierra que siempre tuvo por honra don Manuel Verdugo de Alviturría, único canario que ha ocupado la cátedra episcopal de esta Diócesis. Don Agustín Bethencourt, músico de la Catedral, medió ante él -aunque otros dicen que lo medioengañó- en nombre de los “notables” de la ciudad utilizando una estratagema; y finando el año de 1815, después de 18 meses de trabajos, los dos barrios tradicionales de la Canaria se unieron con un puente de piedra de tres ojos, presuntamente diseñado por el escultor Luján Pérez, que en buena cantería del país duró casi un siglo perpetuando en su apellido el de aquel prelado que acoquinó los 225.000 reales que costaron puente y plaza anexa. Y allí permaneció hasta que en 1926 el alcalde don Salvador Manrique de Lara arramblara con él, en aras de facilitar el tránsito de una parte a otra de la ciudad.
Viene a cuento la mención ya que celebramos este año el cuarto centenario de la Primera Bajada de la Virgen del Pino y si la principal ciudad de la isla estaba como se ve hasta principios de 1800 pueden suponer como era el resto de la isla.
Hasta que las favorables circunstancias políticas de la segunda mitad del XIX trajeron consigo la construcción de las primeras carreteras; las servidumbres, veredillas, caminos reales y de herradura (muchos de ellos invariados desde el siglo XVI) cubrían las necesidades de comunicación, pagos de promesas y trajineos comerciales de los habitantes de la isla; pero también es verdad que la peculiar orografía de la misma añadía grandes dificultades cuando, sobre todo en los tiempos de lluvias, el paso a través de los barrancos se hacía prácticamente imposible.
Por ello, cuando solo había pasado una década, el Ayuntamiento de la Villa de Teror, finiquitado el Trienio Liberal, acordaba el 7 de octubre de 1823 la construcción de un puente en el tramo alto del Barranco de Lezcano para, entre otras razones aducidas, permitir las romerías al templo de la Virgen del Pino. Y fue la misma iglesia quien también en este caso afrontó los gastos de la obra que quedó a cargo del presbítero don Carlos Mª de Quintana, singular personaje del Teror decimonónico. Como nos dice el catedrático Suárez Grimón, el apoyo y la colaboración popular en la construcción fueron unánimes; y con excepción del hierro utilizado (que nos llegó de las lejanas tierras suecas) el resto de los materiales salieron del mismo barranco, de pinares y canteras de la propia isla. Cuatro años pasaron hasta verlo culminado, y su estampa, ya cercana a los dos siglos, quedó unida a Teror y a ese “caminito…” que glosara Néstor en su célebre canción y que en cita anual de canariedad y devoción lleva hasta la Villa a miles de romeros a cumplir con amigos, parrandas, chiringutos y, por supuesto, con Nuestra Señora. Entre pitos y flautas, el puente le salió a la iglesia terorense por 60.000 reales de vellón. Su construcción venía a facilitar bastante la secular costumbre votiva del traslado de la Santa Imagen. Paradójicamente, no se utilizó para ello por primera vez hasta octubre de 1936, en el que clero y políticos se pusieron de acuerdo en recuperar la antigua tradición con el pretexto de rogar por el fin de la Guerra Civil que acababa de comenzar.
Ya en 1835, cuando Isabel II con cinco años era al menos de nombre Reina de las Españas, un nuevo puente -el primero de dos ojos- en Tenoya, vino a completar en la isla la primera tríada de estos singulares elementos que unen la ingeniería y la arquitectura y que significaron en aquellos momentos un progreso hoy en día casi inconcebible en el adelanto del bienestar de los naturales; y que vendría a completarse medio siglo más tarde con la construcción del Puerto de la Luz.
Para mayor honra de su familia y de la ciudad de Telde que los vio nacer y crecer, los mayores avances en ambos sentidos surgieron del buen tino de dos vástagos de una ilustre familia asentada en el sur isleño, los hermanos Fernando y Juan León y Castillo. Este último, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, se incorporó como ayudante de la Jefatura Provincial de Obras Públicas de Canarias para las islas orientales en 1858, y a partir de entonces todos los proyectos que pretendían poner a nuestras islas al nivel de avance del resto del país pasaron por sus manos y por el entusiasmo que ponía en todo lo que él veía como un progreso para su tierra: el puerto de la Luz, el muelle de Santa Cruz de La Palma, las carreteras de Telde, Agaete, de Arucas a Moya, el Faro de Maspalomas, y un larguísimo recuento que colocó a don Juan en un lugar relevante en el proceso de modernización de las vías e infraestructuras públicas de la Gran Canaria.
Las carreteras trajeron los puentes y con ellos llegó el peculiar estilo del ingeniero, que quedó plasmado para siempre en sencillas y fuertes obras de mampostería y sillares como el renovado de Tenoya, el de Arucas o el que, pese a todos los inconvenientes surgidos, nació como uno de sus proyectos más queridos: el celebérrimo puente de siete ojos que en 1866, entre Tara y el Roque, culminó la carretera que durante más de un siglo sería la única unión entre la pujante ciudad sureña y su comarca con Las Palmas y el norte de la isla.
Que todos ellos, los que quedan y los que desgraciadamente desaparecieron, han quedado ligados para siempre a la historia de la isla es incuestionable y decenas de grabados, postales y antiguas fotografías así lo atestiguan. A fines del XIX, de la mano del arquitecto catalán Laureano Arroyo Velasco llegó el contrapunto a la severa estampa del de Verdugo con un nuevo puente que en una mayor sencillez de trazo y materiales unía el Mercado con la calle mayor del barrio de Triana. Alrededor del Puente de Palo surgió toda una bohemia artística y cultural que desde el Bar Polo y los comercios situados sobre el puente hasta el Teatro y los mismos callaos de la desembocadura del Guiniguada configuraron un entorno donde poetas, artistas y gentes de buen y mal vivir crearon una peculiar forma de entender el mundo y sus cosas.
Todo lo arrasó el progreso.
Los puentes de la isla, con la excepción de los lógicos embates de la naturaleza, llegaron sanos y salvos hasta la segunda mitad del siglo XX; aunque a mediados de 1936 unos cuantos como el de Tenoya, sufrieron algún que otro percance. Desde ese año el Puente de Teror, bautizado como el del Molino, por una construcción que para tal fin se edificó a principios del 1900, ha visto pasar por su lomo a la Virgen del Pino en cinco ocasiones y este año, si al final se decide su Bajada como conmemoración del Centenario, lo hará nuevamente. Una buena forma de celebrarlo sería su restauración y limpieza, baje la Virgen o no; que llegar a su edad en plenitud de uso ya es causa suficiente para portarse bien con él.
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